1. El Poblamiento de América y los Primeros Habitantes de México (30,000 a.C. – 2,500 a.C.)
1. El Poblamiento de América y los Primeros Habitantes de México (30,000 a.C. – 2,500 a.C.)
La historia de México comienza miles de años antes de que existiera el nombre “México”. En un tiempo remoto, cuando los glaciares cubrían gran parte del norte del planeta y las estepas se extendían donde hoy hay mares, grupos humanos emprendieron uno de los viajes más grandes de la historia: la migración hacia el continente americano.
Por el estrecho de Bering —un puente natural de hielo que unía Asia con Alaska—, pequeños clanes de cazadores nómadas cruzaron en busca de alimento. Sin saberlo, estaban inaugurando una nueva era para la humanidad. Aquellos primeros hombres y mujeres, cubiertos con pieles y armados con lanzas de piedra, fueron los verdaderos fundadores de las civilizaciones americanas.
Durante milenios, estos pueblos recorrieron ríos, montañas y desiertos hasta llegar al vasto territorio que hoy conocemos como México. En los valles de Puebla, Tlaxcala, Hidalgo y el altiplano central dejaron sus huellas: herramientas talladas, huesos de mamuts con marcas de caza, y fogones apagados por el tiempo. Sitios como Tlapacoya, Tepexpan, Valsequillo y Chimalhuacán se convirtieron en testigos silenciosos de la antigüedad humana en estas tierras.
En ese México primitivo, la vida era dura y majestuosa. Grandes manadas de mastodontes y bisontes cruzaban las llanuras; los ríos eran anchos y salvajes; los volcanes, eternos centinelas del cielo. Los hombres seguían el paso de las bestias, aprendiendo a conocer la tierra y sus ciclos. Eran pueblos que dependían del movimiento, de la caza, de la recolección. Pero poco a poco, algo empezó a cambiar.
En el corazón de Mesoamérica, entre los valles fértiles y los ríos caudalosos, los antiguos descubrieron algo que transformó para siempre su destino: la agricultura. El maíz, domesticado a partir del teocintle, se convirtió en el centro de su existencia. Junto a él, el frijol, la calabaza y el chile formaron la base de la alimentación y el símbolo de la vida. De nómadas pasaron a sedentarios; de cazadores a cultivadores.
Así nacieron las primeras aldeas: pequeños grupos de chozas junto a los campos, donde las familias compartían el fuego y las leyendas. Con el tiempo, esos asentamientos se expandieron, dieron origen al trueque, al arte, a la religión. Los antiguos comenzaron a mirar el cielo y a preguntarse por los dioses del maíz, del agua y del fuego. Cada semilla que germinaba era un milagro, y cada cosecha, una ofrenda al universo.
De aquel cambio —silencioso pero inmenso— brotó la raíz de toda la civilización mesoamericana.
Antes de las pirámides y de los códices, antes de los imperios y los conquistadores, aquí comenzó la historia del hombre que aprendió a sembrar el tiempo.



Comentarios
Publicar un comentario